Tengo pensadas también otro tipo de entradas, como mi setup de journaling o qué llevo en mi bolso de ir por casa (creedme, es más interesante que el de ir a la calle), pero, como estoy de vacaciones y disfrutando de mi tiempo libre, es cuando estoy más reflexiva.
Como ya pudisteis comprobar en el 49 cosas sobre mí, aunque tengo amor por las humanidades (y siempre lo tendré), mi vida profesional ha ido dando muchos cambios a lo largo del tiempo, bien por gustos o bien por pura necesidad; y justo de eso es de lo que os quiero hablar hoy.
En el instituto, cuando tienes que elegir tu siguiente paso, yo sabía que quería ir a la universidad. Me debatía entre Psicología o Comunicación audiovisual, así que en principio mi elección de bachillerato fue Humanidades con latín, griego e historia del arte. Conforme avanzaba la post-secundaria, empecé a tener dudas y escogí sin tener nada claro, simplemente me guiaba por lo más reciente que me había gustado y por ello me matriculé en la Licenciatura de Historia.
Asistiendo a clases me encontraba muy perdida, no sabía qué hacía allí, me faltaba mucha base y ese no era para nada mi sitio. A mí me gusta mucho la historia, pero no como para dedicarme a ella.
A vosotros no sé si os pasó, pero empecé a ser consciente en este primer año universitario de que aquello que escogíamos era lo que nos iba a acompañar para toda la vida (o, al menos, esa era la sensación).
Al poco tiempo, desolada, le comenté a mis padres que quería cambiarme de carrera y ellos me apoyaron sin ningún problema. Tenía unos meses más tranquilos (y no solo al poco de acabar selectividad) para escoger de nuevo.
Mientras estudiaba todas las opciones disponibles, hice cursos de diseño gráfico y fotografía para saber si Comunicación audivisual era la elección entre mis candidatas, pero, pensando en las salidas, creía que, para tener trabajo, iba a requerir ir a vivir a Madrid o Barcelona y no entraba dentro de mis planes.
Volví a pensar en las humanidades o en alguna filología, pero aquí volvía a entrar uno de los problemas que yo veía por aquel entonces (y por el que también dejé historia): se me da muy mal memorizar. Fechas históricas, largas listas de autores y sus libros, tabla periódica o fórmulas matemáticas fueron cosas que yo nunca pude aprenderme en el instituto. Mi opción tenía que tener un gran componente práctico y ahí fue cuando, de entre todas las opciones, el Grado en Traducción e interpretación se convirtió en mi elegida.
Excepto algunas asignaturas más duras (más por profesores que por temario en sí), disfruté mucho la carrera. Siempre me ha encantado escribir y crear, aprender y no encasillarme, así que traducción era todo lo que yo deseaba. Cada texto que traducíamos era una nueva oportunidad de documentarte sobre un tema que no conocías. Al contrario de lo que a veces se piensa, uno debe perfeccionar su lengua materna (ya que suele ser la lengua de destino de los encargos) y yo adoraba las clases de morfología, sintaxis, gramática u ortotipografía.
El problema vino al acabar la carrera porque no tenía ni idea de por dónde empezar. Sabía que me gustaba la traducción audivisual, de videojuegos y literaria, ¿pero qué tienes que hacer cuando acabas la carrera?
Durante el año siguiente estuve intentando hacer pequeños encargo de traducción y corrección pero no llegaron a demasiado y, como venía con formación en diseño gráfico y redes sociales (que hice durante la carrera), acabé siendo community manager y redactora.
¡Pero yo quería volver a las letras! Así que al año siguiente me apunté al Máster en Gestión del patrimonio lingüístico y literario, pensando que iba a poder trabajar en el archivo municipal o ser correctora profesional... Pero tampoco. El máster me pareció muy interesante y también lo disfruté mucho, pero después de mis prácticas como correctora en el Centro de ediciones de la diputación, también me sentí perdida y sin ninguna puerta a la que llamar.
Seguí siendo community manager y redactora varios años más hasta que, cansada de los bajos salarios y condiciones, le quise dar una vuelta a mi vida y, recordando la pasión por crear webs que tenía en los 2000, aproveché ya en mis 30 (y gracias a la experiencia de una amiga) que los bootcamp de programación web estaban en cada esquina para apuntarme a uno de ellos. Fue complicado y a veces estresante por la cantidad de práctica, pero creo que me supe adaptar bien y, al finalizarlo, encontré trabajo como desarrolladora frontend. Y aquí es donde estamos. No sólo como desarrolladora frontend, porque he pasado por diseñadora de experiencias de usuario, por desarrolladora low-code y, actualmente, soy project manager office; pero sí que continúo en el sector tecnológico.
A pesar de lo que me dice la lógica de que el sector tecnológico es, por desgracia, el sector en auge mejor pagado (aunque con la IA se está resintiendo demasiado para los más nóveles sobre todo), estoy cansada precisamente por lo que es la tecnología hoy en día. Tampoco ayuda que lo que hago siento que no es creativo ni humano ni está impactando en la sociedad y que me aleja de lo que quiero ser.
Sé que el trabajo es solo trabajo y no nos define, pero es que son tantas horas del día que ¿cómo no va a querer uno hacer algo con lo que esté feliz?
¡En fin! No sé cuál va a ser la próxima aventura (y si la hay, ya vendréis conmigo) ni siquiera si habrá aventura, solo quería dejaros esta reflexión por aquí, contaros mi experiencia y recordaros que nunca es demasiado tarde para empezar de nuevo.
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